Pues finalmente ayer no fuimos a visitar el Museo Guggenheim en Bilbao. Era una visita bastante esperada por parte de todos ya que ninguno habíamos estado antes en su interior, yo incluso ni por fuera lo conocía.
Quedamos a las 9 de la mañana con la fresca (del frío que hacía) y salimos con destino a tierras bilbaínas. Hicimos una breve parada para desayunar a medio camino y llegamos a la primera con las sencillas indicaciones que aparecen en la propia página web del museo. Bilbao nos esperaba con ese típico cielo gris y con ese chirimiri que llaman ellos que es todo un clásico. Aparcamos muy bien y cerca del museo (con un poco de suerte) y no queríamos perder un instante.
Las dos exposiciones principales eran Chacun à son goût, una muestra de doce artistas vascos en diferentes ámbitos, y Art in the USA: 300 años de innovación, una muy amplia muestra separada por épocas muy marcadas de la historia del arte en Estados Unidos.
Sobre la primera simplemente un comentario que escuché al terminar de ver la muestra: “El arte vasco, muy muy flojito.” Era en tono irónico pero no por ello reflejar el sentimiento que nos generó a los tres.
Y sobre la muestra de Estados Unidos, la verdad es que pudimos disfrutar de obras famosas del siglo XVIII con retratos de George Washington, paisaje increíbles del siglo XIX, hasta el arte moderno del siglo XX. Me gustaron varias obras de todas las épocas pero una de las que más nos impresionó a todos fue esta…
¿El por qué? pues porque al verla de lejos (y de cerca) pensabamos que era un hinchable, pero al ver la descripción y fijarnos lateralmente, vimos que era de acero inoxidable. Impresionante los detalles.
Después, el mismo autor tenía una obra más en el exterior y jugamos un poco con las cámaras…
Foto dedicada… (You know who you are).
Después ya nos fuimos a dar un paseo por la ría, cruzamos la pasarela de Calatrava, le debían pitar los oidos por lo que rajamos de él. Y fuimos a comer al Abaroa, gran recomendación que me hizo el amigo Kani. Ya después de comer, paseito por el casco viejo y la gran vía, mientras no cruzabamos con cientos de catalanes que había ido a ver el partido de fútbol entre Euskadi y Catalunya.
Cuando ya estaba anocheciendo, decidimos ir hasta Portugalete a ver el impresionante Puente Colgante. Dimos un pequeño paseo mientras decidiamos si volver a Burgos o marcharnos de fiesta a Santander y quedarnos a dormir allí, pero el maestro Cabe zanjó el asunto y nos hizo volver a casa.